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21 de julio de 2010

La evolución de la consciencia



Aún no se conoce con exactitud cómo los procesos neuronales dan lugar a la consciencia; sin embargo, sí conocemos los efectos que produce esta facultad mental. Podemos definir la consciencia como la capacidad de recrear una imagen de la realidad en nuestra mente. Con la evolución, esa imagen integrará mayor riqueza de detalles, será más amplia en el espacio y más prolongada en el tiempo. Ser consciente del paso del tiempo significa que somos capaces de formar una imagen sobre el tiempo en nuestra mente. Ser conscientes del Universo consiste en formar una imagen suya en nuestra mente.
Todos los animales dotados de sistema nervioso, aún en sus estadios más primarios, están capacitados para reaccionar ante estímulos externos o internos. Los individuos de especies menos evolucionadas tienen un repertorio conductual muy básico y orientado hacia las dos funciones primordiales que son el instinto de supervivencia del individuo y el de supervivencia de la especie. El primero de estos instintos le obliga a conseguir alimento de forma periódica, a defenderse o huir de las agresiones y a protegerse de las adversidades ambientales. El otro instinto le orienta hacia la reproducción. Estas especies, como pueden ser los reptiles o los peces, tienen una percepción de la realidad muy reducida y se limita a aquello que afecta a los mencionados instintos. Se puede afirmar que su limitada realidad se reduce a sí mismos.
Conforme avanzamos en la evolución cerebral, nos encontramos con las aves y los mamíferos, los cuales son capaces de reproducir repertorios conductuales aprendidos, registrados en la memoria y que le sirven no sólo para sobrevivir y reproducirse sino también para proteger a otros individuos de su entorno, normalmente emparentados directamente. El universo de la realidad en estas especies es sustancialmente superior a las especies anteriores. Al incluir en su realidad a los compañeros de clan, tribu o familia, estas especies cuentan con una consciencia incipiente en la que se deben posicionar frente a los otros individuos.
Finalmente, el cerebro humano de un adulto es capaz de incluir en su realidad mucho más que a los compañeros de tribu o al entorno próximo. Desde los albores de la historia, el hombre se ha preguntado por las estrellas, por el sentido de nuestra existencia, sobre la posibilidad de un Creador o sobre las leyes que rigen el Universo. Y todo ello sin renunciar a las estructuras cerebrales herederas de nuestros ancestros, que nos garantizan la supervivencia y la convivencia con nuestros congéneres.
Por tanto, tenemos un cerebro complejo que integra las funciones de consciencia de individuo, de sociedad y universal. Si bien, todo es cierto, aún queda por desarrollar esta última faceta para comprender y asimilar las leyes que gobiernan el Universo. Estamos invirtiendo ingentes cantidades de energía en ampliar nuestra capacidad de observación del Universo cuando ello no nos va a garantizar su comprensión. Mientras, podríamos emplear similares esfuerzos en comprender el Universo próximo, pues de las leyes cercanas podemos extraer leyes para comprender las más lejanas. No se trata, pues, de un desarrollo desenfrenado en la capacidad de exploración hacia el exterior, sino en la capacidad de introspección.

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